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martes, 17 de enero de 2012

Crecer

4/7/11

Una gran ola de campo amarillo
se levanta ante mí,
empequeñeciéndome,
fundiéndome con la tierra,
recordándome que estoy de paso.

En el mundo físico, lo negativo no existe.
Por debajo está el cero, el nivel mínimo.
Por encima está el infinito,
el nivel máximo,
inalcanzable por naturaleza.

Cuando llegues ahí, lo habrás conseguido.
¿Quieres crecer?
¿Hasta dónde?
¿Hasta cuándo?

lunes, 30 de junio de 2008

Canción del día: Jorge Drexler - Milonga paraguaya





verbena
Originally uploaded by qvark
Cierras los ojos, una vez más.

El calor de Sevilla se hace insoportable por momentos, pero una leve brisa se cuela por la ventana y te hace volver a la vida. Y mueve la cortina un poco, suavemente, tanto que hasta dudas de que sea la cortina la que se mueve y no un mareo provocado por el calor que huye de tu cara.

Cierras los ojos. Y escuchas las notas de la guitarra. Puedes verlo, puedes ver claramente al guitarrista paseando sus dedos por el acero y el nylon, presionando suavemente los trastes, pellizcando junto al puente, flotando por el mástil, subiendo el ritmo para luego dejarlo decaer.

El bar está casi vacío. Una pareja charla en una esquina de la barra junto a un par de copas de licor. Apenas se distinguen sus siluetas bajo la tenue luz cálida ambiental que les deja entrever. La chica deja escapar una risa de ojos entreabiertos hacia su amante mientras le busca los ojos. Y los encuentra. Y él le devuelve la mirada, sosteniéndola. Se provocan en silencio. Saben muy bien lo que se cuece, saben lo que les espera cuando el sueño les invada.

Puedes ver ahora al pianista. Tiene los ojos cerrados. Deja caer su cabeza mientras aprieta los párpados en un arranque de la melodía, como si el peso de su cabeza ayudara a sus dedos a empujar la nota que emana directamente desde el centro de su corazón. Ahora eleva de nuevo la cabeza, sin dejar que los ojos se abran. Mece su cabeza.

Entre las notas se descubre a lo lejos el murmullo de la orilla que viene y va. Y los grillos. El aire se deja visitar por nubes de sal y arena, pinares verdes y carbón quemado.

Con los ojos cerrados, una vez más. Y el calor de Sevilla se vuelve soportable por momentos.

jueves, 27 de marzo de 2008

tibio de primavera


El vagamundo
Originally uploaded by Odelot

Mi bicicleta avanza lentamente, escalando poco a poco el puente que me llevará a casa. Son ya las once menos veinte de la noche y la calle está desierta. Únicamente un coche se atreve a perturbar el silencio que me rodea. El sonido de su caucho contra el asfalto me huele a calle mojada.

La ciudad entera cae pesadamente en un sueño tibio de primavera. El olor a azahar se mezcla con el hollín y el polvo que respiran los carteles publicitarios.

Allá abajo, un tren que acaba su jornada se arrastra suavemente a su andén, deslizándose en una curva y acompañado por el rítmico golpeteo de sus ruedas de hierro al pasar por el cambio de agujas. Allí dormirá hasta mañana al amanecer. O antes.

Al otro lado del puente veo la estación, libre ya del alboroto que la inundaba hoy sin descanso. Allá a lo lejos brillan dos torres puntiagudas y más allá, a su derecha, otra torre más grande, cuadrada y también puntiaguda, se levanta solemne por encima de los tejados.

Un chico le tira un palo a su inquieto perro, que mueve el rabo alegre mientras salta y salta, poseído por su instinto ciego, persiguiendo el palo y apresándolo entre sus dientes, para luego traérselo a su dueño, su amigo, su igual.

Y me doy cuenta de que ahora mismo, mi casa es Sevilla. Al menos ahora, y al menos mi casa.



sábado, 3 de febrero de 2007

el sol de Praga


el sol de Praga
Originally uploaded by qvark.
27.1.07 - Dentro.
Sonido de agua de una fuente. Sillones color cereza de piel, rasgos angulosos que definen con precisión la sobriedad del hall.
Acogedor. Cálido. El sol entra por la ventana mientras escribo estas letras. La ventisca que hace cinco minutos me obligó a entrar acaba de pasar. Me imagino que el mirlo que vi antes saltando entre la nieve habrá encontrado un buen sitio para cobijarse.

Los mirlos checos son iguales que los españoles. Los animales irracionales no entienden de fronteras tanto como los racionales. Será porque tienen lo que son y son lo que tienen, y por lo tanto no delimitan tanto su entorno.

Praga me recuerda enormemente a Murmansk. Los semáforos encienden conjuntamente sus luces ámbar y roja.

28.1.07 - Vuelo Praga-Madrid.
Acaban de darme un almuerzo calentito y, mientras sobrevolamos la campiña francesa cubierta de nieve (aunque tal vez no sea la campiña francesa lo que sobrevolamos), me estoy tomando un café caliente. Ahora mismo no pido más. Cuando salía el avión pedía que Bárbara estuviese conmigo, y probablemente pediré lo mismo cuando llegue a Madrid. Pero en este momento estoy en paz conmigo mismo.

Praga, o la sensación de libertad que te da el explorar un sitio nuevo sin llevar reloj encima, es alucinante. Volveré, eso lo tengo claro. A Praga o a cualquier otro sitio, eso es lo de menos. Volveré a prescindir del reloj cuando toque explorar.

domingo, 10 de septiembre de 2006

seguridad en la distancia


Aquella mañana se levantó un poco más aturdido que de costumbre. Se incorporó, se restregó un poco la cara y miró a su alrededor buscando sus gafas de ver. Ah, ahí están. Se inclinó pesadamente y, alargando su nudosa mano hacia la mesa de noche, agarró las lentes con toda la precisión que le permitían sus 78 años. Se puso las gafas. Conforme iba despertando, su mente se aclaraba y poco a poco comenzaba a recordar cosas: mi dormitorio... hoy es miércoles... mi libreta, ¿dónde la habré dejado?...

Su libreta era sagrada. En ella iba apuntando las tareas importantes de cada día, sus gastos, recordatorios... ciertamente, esa libreta constituía su memoria. Tomó esa costumbre de apuntarlo todo varios años atrás, cuando empezaba a notar pequeñas lagunas mentales. Y aunque con el tiempo fue dependiendo más y más de aquel pequeño taco de papeles anillados y menos de sí mismo, esa pequeña molestia no le turbaba demasiado. Aceptaba que su falta de memoria era ley de vida y era consciente de que sus años vigorosos, que ya pasaron, los invirtió en la experiencia y serenidad que ahora disfrutaba. Se sentía satisfecho y feliz de haber vivido una existencia plena en la que había saboreado el éxito personal en su trabajo, el amor y la entrega incondicional en la que fue su mujer, la alegría de sus hijos y el calor de sus nietos. La confianza de sus amigos y las lecciones de vida de sus pocos enemigos.

Así que alguna que otra laguna mental, el azúcar, el reúma y otros achaques propios de su edad no eran más que señales que le recordaban que estaba llegando a la cumbre de la vida sin haberse saltado ninguna etapa. El curso de la vida en su orden natural.

Aunque su vista ya no era lo que fue en su día, aún podía presumir entre sus amistades de conservar su carnet de conducir, lo cual le permitía cada miércoles por la tarde ir a visitar a su hijo y a sus nietos a la ciudad vecina. Despacito y con buena letra, pero por sus propios medios. Orgulloso de poder demostrar que todavía era autosuficiente.

Fue precisamente esa combinación de experiencia de la vida y orgullo personal lo que ayudo a conservar la calma ese miércoles por la tarde cuando conducía por su carretera, sin prisa pero sin pausa, camino de ver a sus nietos. Cuando ese conductor cuarenta primaveras más joven pegó su coche detrás y comenzó a lanzarle destellos mientras le enviaba al asilo a base de insultos. Un descuido podría haber sido fatal.

Paciencia. Después de todo, aquel pobre chaval estresado no sabía lo que era ver la vida desde lo alto de la montaña. Creía que por correr más iba a llegar antes a la cumbre... Y a lo mejor era así. Cuando más tarde el chaval le adelantó en un tramo donde no estaba permitido adelantar, el anciano se preguntó si algún día ese chaval podría también disfrutar de poder llevar en sus nudosas manos su propia autosuficiencia... o dejaría su vida por el camino, rompiéndose así el orden natural de las cosas.

jueves, 16 de marzo de 2006

sueño


sin titulo
Originally uploaded by qvark.
Sueño, con las manos en el teclado.
No es que sueñe, es que lo tengo, vamos...
Los párpados se van cayendo, poco a poco, casi sin que me de cuenta. Es ese inconfundible placer que sientes cuando eres consciente de que te estás quedando dormido... cuando tu cabeza empieza a pesar hasta que das una cabezada... y te vuelves a despertar, medio dormido, para sentir de nuevo cómo tus párpados se dejan llevar por la irresistible pereza y caen sin remedio...

Se acerca la primavera. Quedan cinco días escasos, y ya se siente en el aire de la calle. La luz es distinta, el aire es menos denso, las nubes tienen otra forma.

El ruido alegre de la calle, el suave viento jugando con las ramas de las jacarandas a media tarde... me empiezan a traer recuerdos de azahar, de semana santa, de incienso.
Y luego de albero, de pinchito,
de pedro ximénez fresquito, de feria.
Y luego de mar, de olas, de sal,
arena, espuma.
Poniente.
Chicharras a mediodía.
Gaviotas por la tarde.
Grillos en los anocheceres de manga corta.
Noches azules de estrellas que nunca acaban.
Amaneceres dentro de una caracola,
saboreando la sal en el aire.
Colores. Vida.

Ya se acerca el verano, ya se huele.

Y mis párpados se vuelven a caer. En este eterno instante de modorra a media tarde sólo una cosa podría mejorar el momento: sentirte cerca, oir tu respiración pausada, serena, sin prisas, sin horarios, sin sillas ni mesas ni ordenadores. Sentirte cerca, de nuevo, mientras me voy quedando dormido... de nuevo.

Escuchando: Manolo García - Serena barca

sábado, 8 de enero de 2005

flashback

Mosaik.RubikMosaik: plateau. O Dead Pixels. O Sunreal. Aparte de la música, silencio. Oscuridad en la calle, tenue iluminación indirecta en mis 15 metros cuadrados. Una acogedora alfombra cubriendo el no menos acogedor vinilo marrón oscuro. Y la calefacción encendida. 22 grados dentro, 2 o 3 fuera. Detrás mía, la cama y la lámpara de leer por la noche iluminando cálidamente mi santuario. Delante, el portátil, manuales de bases de datos, asp.net, C# y papeles, muchos papeles.

Ella viene de la cocina con dos tazas humeantes de café negro en una bandeja. Llama suavemente a la puerta solicitando ayuda, pues viene con las manos cargadas. Abro. Ella me sonríe y entra con el café recién hecho. Lo coloca en nuestra pequeña mesa, testigo directo de nuestras charlas en las reuniones de té, galletas safari, música y cartas.

Afuera nieva suavemente. En la luz de una farola del parking, vemos los copos cayendo pausadamente, en silencio.

Podría ser a finales de 2003. Aunque el calendario me dice que sólo ha pasado poco más de un año, sé que ha pasado mucho más tiempo. Para mí hay un salto muy grande desde entonces hasta ahora. Para mí.

Vacío.

En la mesa de noche: El húsar, de Arturo Pérez-Reverte. Para darse cuenta de la realidad.
En el CD: Mosaik. Ya para recordar.